una carrera (y más huevo. Segunda postura)

(Foto: Amar-añar. Verónica, 2013)

-Dime una cosa. ¿Tú crees que debo ir o no?

-Cariño, eso tienes que decidirlo tú. Date un tiempo.

-Por un lado, me duele tanto pensar en no ir que me cuesta imaginarlo. Y, por otro, sólo de pensar en la cara que pondrá mi padre cuando me presente allí… De verdad, es que no puedo. ¡No puedo!

-Venga, Sol, respira, amor, ven aquí. ¿Por qué no lloras un poco?

-Que no lloro, coño. Que ahora quiero estar de mala leche.

Pero sí se sentó junto a Viljio. Acurrucarse sobre él en el sofá siempre la reconfortaba. Reposaba la cabeza en la entrepierna  acogedora y se acomodaba en la parte mullida de su sexo.

Se tumbó panza arriba, cerró los ojos y volvió a la arboleda imaginada, esa tantas veces descrita por su madre al evocar el instante en que decidió el nombre de su bebé. Las lágrimas iban agolpándose bajo los párpados. La rabia volvió a ganar terreno a la tristeza y salió antes que la sal líquida por los ojos. Los abrió, miró a Viljio del revés y se alegró de que él no la correspondiera en ese preciso instante. Habían pasado muchos años, muchas pruebas y muchas preguntas impertinentes disparadas por batas blancas. Todo para diagnosticarle una enfermedad inexistente e incurable: ser quien era.  .

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el color de su alma

(foto: ¿Mar? Verónica 2013)

“El PP considera la sentencia un aval a su correcta y adecuada gestión” (El País, 15/11/20013)

“Varapalo a la marea de izquierdas que intentó hundir al PP” (La Razón, 15/11/2013)

Todo está dicho. Ya está sentenciado. ¿Justicia? La justicia no es igual para todos, la justicia no es. Los seres muertos flotan en el olvido; los pescadores arruinados penden sobre la nada. ¿Quién los piensa? Algunos comerán percebes en Navidad, otros seguirán sin poder extraerlos. El petrolero fantasma de bandera liberiana fue armado en Estados Unidos y vino a suicidarse a España. ¡Grande, grande, señora Globalización! Los hilillos de plastilina formaron ya un laberinto de mentiras de un solo color. El abismo oleaginoso e inflamable que nos gobierna.

una carrera (y más huevo. Primera postura)

Fotografía

(foto: Naturaleza muerta entre dos. Marruecos, Verónica 2013)

Odiaba el nombre que le habían puesto. Gregorio era la tapa del bocadillo, ese pan que queda seco, el que no lleva ni aceite ni tomate: su padre. La rebanada esponjosa, la que había absorbido todo el aderezo, era Amalia, su madre. Él, al nacer, fue la tortilla encajada entre los dos cortes de miga. El revuelto entre Gregorio y Amalia, que se juntaron gracias al calor de un fuego espontáneo, pero que nunca llegaron a cuajar.

Amalia quedó embarazada sin esperarlo. El día que lo supo, corrió hasta la arboleda donde había ocurrido todo, se tumbó panza arriba en el claro y miró al cielo hasta quedar ciega. Lloraba y, cuando las lágrimas empezaron a colársele por la boca, mientras saboreaba la sal de su cuerpo, posó una mano sobre el ombligo y se dijo: “Vas a llamarte Sol. Me quemas por dentro y pensarte fijamente me hace ver las cosas de otra forma”.

Ahí radicaba la principal diferencia entre sus progenitores. Su madre, a pesar de encontrarse ante la tesitura del penalti con menos experiencia en fútbol que un mandril, dedicó un mágico instante a escoger un nombre. Su padre fue más expeditivo. “Pues si tiene cojones, que se llame como yo, que de ahí viene.” Y así fue. El bebé tuvo testículos, muy gordos según su abuela materna. Pero eran huevos con sorpresa. .

volver

“la crudeza de la crisis económica, con una tasa de paro que supera el 26%, está haciendo que muchos extranjeros hagan las maletas” (rtve.es)

El avión describió el movimiento preciso de los primeros para el aterrizaje, y situó a los pasajeros de las ventanillas de la izquierda en dirección al sol. En ese instante, el calor intenso sobre los párpados cerrados, enfrentados al astro, descongeló el recuerdo. El día en que partió con destino a la madre patria.

Un nuevo viraje de la nave pasó otra página de la memoria. Al salir de su país se prometió no regresar con el rabo del orgullo entre las piernas. Encaminarse hasta el supuesto éxito. Ahora, al escuchar el nombre de la tierra que lo parió, se entregó al descenso. La suave caída hasta ese punto inicial. Volvió a calzarse y sintió que retornaba desnudo al principio, una vez más.

Dentro de la nevera

inspirado en este estreno

maleta de marta

-De verdad que no lo aguanto. ¿Te puedes creer que llego al despacho y no me dice ni mu? Si es que lo tengo al lado todo el día, le ayudo en lo que puedo, le doy indicaciones… ¡Y el tío ni me saluda! Es que, a menos que necesite algo, ni me mira…

-No le hagas ni caso. No te rebajes más. Si él no te saluda, pues tú, igual. Oye, que te está humillando. Y sin motivos.

-Eso digo yo, que no le he hecho nada. Mira, estoy harta. He intentado hablar con él, saber qué le pasa conmigo… Y no me dice nada…. Bueno, oye, que tengo que colgar, que me pongo ya con la cena de los chicos. A ver si llega pronto Alberto.

Cuelga el teléfono y corre a la cocina. Echa un vistazo rápido a la nevera y elabora, mentalmente, un menú al gusto de todos. Se asoma al comedor, donde sus dos hijos están jugando a la PSP, y pregunta:

-¿Os apetece tortilla de patatas con ensalada para la cena? De postre, el flan que hice ayer.

Los chicos siguen concentrados en la pantalla del televisor. Mueven con tanto vigor los dedos que ella piensa que podrían caérseles ahí mismo o quedar clavados sobre los botones.

-He dicho que si os apetece tortilla de patatas con ensalada para la cena. Bueno, pues si nadie dice nada, yo la preparo, luego no os quejéis.

Vuelve a la cocina. Sigue pensando en Manuel, ese compañero de trabajo que no le habla, no la escucha, solo cuando le interesa. Ese hombre con el que pasa tantas horas del día y que la ignora como a la música de los ascensores: teóricamente agradable, aunque cansina; necesaria, para llenar un vacío, aunque taladradora. Su insistencia no suple una carencia (el silencio entre los ocupantes del cubículo móvil), pone de relieve la incomodidad de una presencia impuesta.

Oye el ruido de las llaves en la puerta. Alberto.

-¡Cariño! ¿Cariño?

Alberto entra en la cocina. Hace un gesto con la cabeza en dirección a ella, aunque no la mira.

-Menudo día. ¡Qué asco! Estoy agotado. Voy a ducharme y luego tengo que hacer unas llamadas.

-Estoy preparando tortilla de patatas, con ensalada. De postre, el flan. Yo también he tenido un día asqueroso. Otra vez con lo de Manuel. He estado hablando con Luisa.

Está de espaldas, echando las patatas a la sartén. Se vuelve para buscar el rostro de Alberto, deseando descubrir en su expresión un mohín de solidaridad con su desagradable situación. Pero se topa de frente con la puerta de la nevera.

“Bueno. Ya hablaremos durante la cena. Me pongo con la ensalada. Será mejor que cambie el chip con lo de Manuel. Luisa tiene razón, no puedo dejar que nadie me ignore así. De eso nada”, piensa y sigue cocinando mentiras.

Reencarnación clara, y con yema

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Buenas. Vengo de otras vidas y más. Ahora soy un huevo. Un huevo de cosas. Y todo, por una conversación con el pequeño C., de tres años, mi segundo hijo, para más señas. Sentado él en el váter (véase la importancia de este trono, herencia genética de su madre, aquí), le dio por hablar de reencarnación.

-Cuando yo me muera, seré una flor -sentenció.

Yo, madre orgullosa, declaré:

-Qué bonito, mi amor.

-Y cuando tú te mueras, serás un huevo.

Claro, el impacto de saber que tu hijo está dándole vueltas a la idea de tu defunción quedó en segundo plano, propulsado a ese lugar de una patada, al descubrir qué futuro imaginaba para su madre: lo que le sale del culo a una gallina.

-¿Por qué, mi vida?

-Porque serás un huevo y saldrá un pollito que verá la flor y se pondrá muy contento…

¡Ay, divino dadaísmo de la inocencia! Andaba dándole vueltas a la forma de regresar a la blogosfera y he recordado esa conversación con C. El pequeño es un visionario. Ya he pasado a mejor vida, y cuánto mejor, y ahora soy un huevo. No he actualizado ninguno de los blogs/vidas que inicié, pero sí lo he hecho con mi existencia en 3D (¡toma pareado!). Y, entre muchas cosas remozadas, he recuperado toda la energía para llenar y rellenar cuadernos y más cuadernos de notas. Esto podría convertirme en nuevo miembro de la generación Codoco (más específicamente, en la versión femenina de Fernando Espeso), pero he decidido que  no pienso permitir que me aborrezcan los huevos (DRAE: desistir de la buena obra comenzada, cuando se la andan escudriñando mucho, como hacen la gallina y otras aves si les manosean en el nido los huevos.) En conclusión: que se re-presenta una usuaria más de la blogosfera. Para esto, no hace falta tener muchos huevos, ni las cosas muy claras, Pero sí saber qué fue antes: el huevo o la gallina. A pensar.