Cala en ti (a los que parten en los que se quedan)

(Foto: silla vacía. Verónica, Marruecos 2013)

Cala en ti

Pasó algo que debería haberlo cambiado todo,

pero ocurrió y el mundo no se vino abajo.

El sol volvió a salir, las noticias siguieron hablando de corrupción

y nada ni nadie transformó su día a día.

 

Los recuerdos se empeñaron en ir llenando el hueco de esa hecatombe

que debió haber modificado el curso de los planetas.

Llegaron todas las noches del mundo de sopetón,

sin pausa, sin ocasos ni amaneceres, sin noticias monótonas.

 

Se produjo un estallido trepidante y ocurrió entonces.

Ya no era el mismo;

la ausencia de la que había partido lo había transformado todo.

 

Pero él no supo, hasta ese instante,

cómo era convivir con el espacio en blanco

que se abrió tras el paréntesis de esa existencia.

 

Cambia, todo cambia;

cambia el color del suelo cuando ella no lo recorre,

pero así, su huella imborrable

entra a formar parte de una realidad

que sólo su pisada podía transformar.

 

Sí, definitivamente, el mundo entero se modificó

cuando ella ya no lo observaba.

 

Y llegó la paz, la tranquilidad de la coherencia

entonada por la armonía de la realidad con los sentimientos.

 

Él siguió dando un paso tras otro,

pero ya sin la carga de lo inverosímil.

 

La muerte había visitado su casa

para traerle la memoria eterna de una vida

que lo había convertido en otra persona.

Ya para siempre.

¡Al suelo!

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(Foto Luis Salinas. http://www.luissalinas.es)

Cenicienta oyó las campanadas. Era media noche.

—Deprisa —le dijo al príncipe—, dame un beso.

—¿Ahora? —preguntó él, atónito—. Pero ¿dónde?

—En los pies, bésame los pies.

Cenicienta se descalzó, rodeó al príncipe por el cuello y lo tumbó sobre ella, en el suelo de piedra. Alzó ambos pies y lo abrazó con los muslos. El príncipe le acarició las piernas, tomó sus talones con las manos y pegó sus labios a los dedos regordetes de la mujer, que, con el tañido de la última campanada, se tornaron cenicientos.

Poemillas excusados

 

 

(Foto: Camping de Savona, Italia. Verónica 2013 )

Miss Piss

 Siempre sale líquida,

con su vestido holgado,

amarillo chillón,

como el grito

que dio su madre

la primera vez

que Miss Piss se

expresó libremente.

«Mother —dijo Miss Piss—,

I feel like flowing», y fluyó.

 

El viento

 Préstame tus oídos ahora,

sin demora, dame tu olfato,

o me mato.

Es tanta mi premura,

tan suave la tersura

con la que he de huir

que, por detrás,

soplaré

y soplaré

y la angustia liberaré.

 

Camino abismal

 Me mueve una fuerza irresistible,

una excavadora invisible

me abre el camino

al oscuro abismo sin fin.

Caigo sin remedio,

con más duda que miedo,

por una garganta negra

que escupe pero no saborea.

Ojalá pudiera quedarme,

mas algo me empuja a largarme,

aunque no atino a saber qué.

Caeré a un mar de dudas,

intuyo que más blanda que dura,

y emprenderé un viaje incierto,

pasado por agua,

antes de llegar al desierto.

Cuarteto de baño

En él entro sin más y ya me siento

con la vista al frente y sin un futuro,

pues es tan vacuo el sentir y no duro

ni un segundo en poner el cimiento.

 Escato-lógica aplastante

—Me cago.

—Pues yo también me lo hago.

—¿Qué hacemos?

—Corre, ve primero.

—No, tú antes.

—Mejor tú delante.

—¿Nos lo jugamos?

—Oye, que me cago.

—¿A piedra, papel o tijera?

—Ya asoma la cabeza.

—Piedra.

—Papel.

—Has ganado.

—No, que vayas a por el papel, que ya me he cagado.

 

Pessoando en ti

(Foto: Essaouira, Marruecos. Verónica 2013)

 

No te quiero,

te amo;

mi tierra lame tus raíces

y es el agua

que suaviza unas piedras

ya tersas

de tanto amar

 

No te quiero,

te amo;

en tu bosque me siento

por fin sola,

y me siento a solas

para respirarte libre

con cada bocanada de verde

que saboreo sólo

con mirarte.

 

No te quiero,

te amo,

porque el amor

es la raíz de todos

los árboles que te habitan,

de todos los lugares

conquistados por tu tierra húmeda,

por tu limo fértil

 

No te quiero,

te amo;

a cada paso que doy

por la senda de tu arboleda,

hundo más

el peso de mi alma

en el manto de tu origen.

 

 

No te quiero,

te amo,

y veo en tus ojos,

lagos profundos de lo que aceptas,

el reflejo de lo que ya no somete,

nunca más mientras

sigamos nadando

en el estanque de la libertad.

 

No te quiero,

te amo;

hay una fuente, entre

tu hojarasca,

de amor fresco y mineral

a la que voy a beber

siempre que no lo necesito,

cuando no tengo sed, ni miedo,

porque te amo,

no te quiero.

Y porque no te quiero

puedo amarte.

 

La primera vez con una rubia

(Mi cerebro, de G., 5 años. Foto: Verónica 2013, colegio de G.)

-¿Mami, por qué se saca las tetas?

Ella se vuelve de pronto. Deja la ropa que está doblando y se da cuenta de que su hijo de cinco años ha encendido la tele y ha puesto una película de Sharon Stone. Cosas de la televisión por cable y sus matinales de serie B. A las diez de la mañana, la fogosa rubia está enroscada en el bronceado torso desnudo de un vaquero. Efectivamente, perfora el aire con los pezones, y sus dos pequeños hijos han clavado los cuatro ojos en ellos como si de gominolas se tratasen.

-Mira, mami, ahora el señor se las chupa.

“Buena descripción de los hechos”, piensa ella. Usa el mando para trasladar a los pequeños hasta Fondo de Bikini  y saborea la ternura del momento. Ya ha empezado. Hace tiempo que empezó. La visión del placer más puro a través del cristalino infantil.

Ese segundo en que brota una novedad y se pasa por alto. Salta una chispa y prende el incendio. ¿Cuántos primeros segundos habrán empezado a contar en ella sin ser atendidos?

En el calendario se dedica un sólo momento oficial al inicio. Y se llena de buenos propósitos, de promesas de comienzo. Termina la festividad y se aparca la exaltación del primer paso.

Sigue doblando la ropa. Sigue, ¿por qué no empieza? Convertir en primera vez tanta cotidianidad… La rubia lujuriosa ha despertado algo más que la curiosidad de los niños. El instinto ha sido básico para empezar a cavar un túnel en la tierra fértil de la madre.

-Mami, ¿por qué Bob Esponja no tiene pito?

Su propia carcajada la arranca de la perforación intelectual. Deja de doblar ropa y empieza, esta vez sí, a morder a sus hijos. Ya habrá tiempo de seguir.