Furibundo Marcianero y los circuleros (paso uno)

  furibundo marcianero

(dibujo de G., cinco años)

«Vivimos en un universo extraño y maravilloso. Se necesita una extraordinaria imaginación para apreciar su edad, tamaño, violencia, e incluso su belleza»,

Stephen Hawking

 

Furibundo era funcionario y fumador empedernido, triste y apagado como las colillas consumidas que humeaban en su cenicero Recuerdo de Valdemaqueda. Hacía unos meses que sus colegas se mofaban de él llamándolo «Cálico electrónico» porque había librado una campaña en favor del vaporoso y moderno cigarrillo. Quemó todas sus naves en encendidas discusiones con Pepe, el director de Recursos Humanos, para poder seguir disfrutando en su puesto de trabajo del único placer físico para el que no requería los servicios de nadie. Pero fue en vano. Por suerte, Furibundo tenía un auténtico vicio intelectual: la amplitud y la frecuencia, eso sí, ambas moduladas.

El mundo del radio aficionado era un universo sólo apto para sibaritas de la comunicación. Nada qué ver con las burdas redes sociales, que tanto detestaba Furibundo. En esos espacios de pornografía verbal, las personas divagaban al desnudo sin ton ni son: lo mismo les daba por plagiar algún manifiesto político embutiéndolo en ciento cuarenta caracteres; por poner una foto de su perro feo escondido entre las sábanas; por decir cosas como «acabo de levantarme, quiero café»; o por difundir falsas imágenes sobre falsos objetos voladores no identificados. Qué sabrían todos esos usuarios ignorantes de la galaxia tan increíble que se ocultaba en las ondas hercianas.

Furibundo desconfiaba de todo el mundo. Desconfiaba del propio Furibundo. En ocasiones se miraba fijamente al espejo durante un tiempo infinito y acababa teniendo la sensación de que la imagen reflejada no era la suya. Esos ojos de pupilas diminutas y escleróticas amarillentas no podían ser los mismos que vieron un día, hacía ya cuatro décadas, a un ser procedente de otra dimensión. A la sazón de cinco años, esa mirada ahora ya entrecerrada por el tiempo se clavó hasta el fondo en una luz violácea que levitaba sobre el mojón de una vaca.

To be continued…

La vuelta al baile en ochenta vidas (o algunas menos)

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(Foto: Luis Salinas http://www.luissalinas.es)

Hace unos días compartí unos minutos con un gran bailarín, Ángel Corella. Dedico mi humilde homenaje a quienes, como él (y como mi madre), sienten la danza como un órgano vital de la humanidad. 

Todavía acostada, abrió los párpados con la pesadez del sueño incompleto. La música se oía a lo lejos, pero alguien estaba tocándola en su interior. Se incorporó, recibió la frescura del suelo con las plantas desnudas y apoyó todo el peso de sus setenta años en el deseo reencontrado de bailar.

***

Está solo en casa. No suena la radio; ha decidido que hoy no escoja un extraño la banda sonora de su vida. Pone su tema favorito, y la memoria lo traslada a un tiempo en que el único cuerpo perfecto era el suyo. Moviendo un dedo en el aire describe todo el contenido de su nostalgia y, con la otra mano, apretuja esos días que lo vieron bailar con hombres jóvenes.

***

El espejo la atrae como un imán. No es de cuerpo entero, pero ella es tan pequeña todavía que su alegría entera cabe en el reflejo. “Acabarás mareándote”, le dice su madre, pero le da igual. Seguirá dando vueltas y más vueltas hasta sentir que el desmayo es inminente y que la música se ha hecho con el control de sus pies.

***

Habían pasado ya cinco años desde el accidente. Tenía muy asumido que jamás volvería a los ensayos. Pero alguien publicó uno de esos miles de vídeos asombrosos que rondan por las redes sociales. Lo vio. Dos bailarines chinos, Ma Li y Zhai Xiao Wei, llenaban el vacío de la pierna y el brazo que ya no tenían con la sincera pasión por la danza. Él todavía conservaba sus extremidades, aunque dormidas, y mientras seguía los pasos de esos dos colegas amputados en su anatomía, que no en su vocación, despertó a la conciencia de sus verdaderas capacidades. Ese mismo lunes retomaría las clases.

***

¿Y si no se hubiera casado? ¿Y si hubiera seguido bailando diez horas diarias? ¿Y si hubiera viajado a Moscú para las pruebas de acceso al Bolshói? ¿Y si las hubiera superado? ¿Y si hubiera llegado a convertirse en primera bailarina? ¿Y si nunca hubiera visto nacer a sus dos hijos? ¿Y si jamás hubiera tenido que escapar de la dictadura del país que la parió? ¿Y si no hubiera emigrado a la isla donde conocería a su segundo marido? ¿Y si dejaba de pensar en lo que no fue? ¿Y si se calzaba de nuevo las ganas de volar?  Sonaron las notas del Vals número 7 de Chopin y empezó a ensayar su propia coreografía.

***

Todos se habían marchado ya. Ella quiso quedarse a solas, con la vista clavada en las nubes. Perdida en el detalle infinito de su blancura fue despidiéndose de su madre al ritmo que marcaba el cielo. Pasarían muchos días antes de que pudiera volver a evocarla sin el llanto atragantado. Cuando por fin lo consiguiera, la vería contoneando las caderas de camino al tendedero; avanzando a ritmo de una samba imaginaria hasta el ascensor; con una mano en la cabeza y la otra en la cintura mientras esperaba a que se hicieran las tostadas. A los tres años, subida a los pies de su madre y tomada de sus manos, aprendió a bailar el vals. Y en tres tiempos, dolor, reconciliación y despedida, seguiría dando nuevos pasos hacia el reverso de lo imposible.