Furibundo Marcianero y los circuleros (paso uno)

  furibundo marcianero

(dibujo de G., cinco años)

«Vivimos en un universo extraño y maravilloso. Se necesita una extraordinaria imaginación para apreciar su edad, tamaño, violencia, e incluso su belleza»,

Stephen Hawking

 

Furibundo era funcionario y fumador empedernido, triste y apagado como las colillas consumidas que humeaban en su cenicero Recuerdo de Valdemaqueda. Hacía unos meses que sus colegas se mofaban de él llamándolo «Cálico electrónico» porque había librado una campaña en favor del vaporoso y moderno cigarrillo. Quemó todas sus naves en encendidas discusiones con Pepe, el director de Recursos Humanos, para poder seguir disfrutando en su puesto de trabajo del único placer físico para el que no requería los servicios de nadie. Pero fue en vano. Por suerte, Furibundo tenía un auténtico vicio intelectual: la amplitud y la frecuencia, eso sí, ambas moduladas.

El mundo del radio aficionado era un universo sólo apto para sibaritas de la comunicación. Nada qué ver con las burdas redes sociales, que tanto detestaba Furibundo. En esos espacios de pornografía verbal, las personas divagaban al desnudo sin ton ni son: lo mismo les daba por plagiar algún manifiesto político embutiéndolo en ciento cuarenta caracteres; por poner una foto de su perro feo escondido entre las sábanas; por decir cosas como «acabo de levantarme, quiero café»; o por difundir falsas imágenes sobre falsos objetos voladores no identificados. Qué sabrían todos esos usuarios ignorantes de la galaxia tan increíble que se ocultaba en las ondas hercianas.

Furibundo desconfiaba de todo el mundo. Desconfiaba del propio Furibundo. En ocasiones se miraba fijamente al espejo durante un tiempo infinito y acababa teniendo la sensación de que la imagen reflejada no era la suya. Esos ojos de pupilas diminutas y escleróticas amarillentas no podían ser los mismos que vieron un día, hacía ya cuatro décadas, a un ser procedente de otra dimensión. A la sazón de cinco años, esa mirada ahora ya entrecerrada por el tiempo se clavó hasta el fondo en una luz violácea que levitaba sobre el mojón de una vaca.

To be continued…

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