Mi primer viaje con C.

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(Fotos: C. y el viaje a algún lugar, Verónica 2014)

Cuando se tiene más de un hijo, el día a día deja poco espacio para disfrutar de los detalles que atesora cada uno de ellos en su persona. Por eso, cuando uno de los pequeños vuela solo, la oportunidad de acompañar al otro en su descubrimiento del mundo es un regalo. 

Este apunte lo escribo en primera persona, porque en primera persona disfruté de la compañía del pequeño C., con el que decidí embarcarme en una breve escapada sobre raíles hacia el mar.

Los viajes no son grandes ni pequeños. El andar el camino como si fuera la primera vez que se recorre es un presente inconmensurable que me hacen los niños a diario.

Los ojos que empezaron a ver hace muy poco están limpios e iluminados por la primavera de la curiosidad. “Si tú eres un abrazo, yo soy un beso”; “Cuando llegue el fin del mundo, yo seré un esqueleto y así no tendré que ir más al cole”; “El tren se mueve más rápido que los árboles”; “¿Por qué esa señora me mira como si yo fuera una comida (con la señora en cuestión justo delante)?”; “Este tren eléctrico sí que tiene el cable largo”; “Y, si nunca llegamos, ¿seguiremos yendo?” son sólo unas cuantas de las impagables frases que compartió conmigo el pequeño C. de 3 años durante nuestro intenso recorrido.

El trayecto en compañía de un descubridor nato es el verdadero viaje. No hace falta ir muy lejos, ni en transportes muy sofisticados. La distancia la establece siempre el pequeño gran aventurero; cualquier recorrido que se aleje unos milímetros de la rutina impuesta por el adulto, se convierte en kilómetros de novedad; cualquier medio que vaya algo más deprisa o más despacio que el día a día, muta en fantástica nave espacial hacia la aventura sideral.

El profundo placer de revivir las primeras veces, la inmensa suerte de compartir ese despertar con un recién llegado a este loco mundo, convierte la vía (o la vida) más oxidada y llena de residuos en uno de los misterios más asombrosos de la humanidad en cuestión de segundos.

El tren avanza ignorante de que transporta un tesoro en sus vagones. Y C. mira por la ventana, incansable, obsesionado con la muerte y el fin del mundo, con la presencia de basura entre las traviesas, que posiblemente, según él, acabe con nuestra existencia a resultas de un terrible accidente. Los árboles no están quietos, los árboles cobran vida, pero se limitan a pasar corriendo junto al tren. Claro, están demasiado cansados para pararse a hablar, pero es que los árboles no hablan, mamá.

El mar nos espera al final del trayecto. El viento, las salpicaduras de la espuma salada, las algas esponjosas con forma de medusa peluda, el agua fría de la primavera. Nadie se baña con este tiempo, pero nosotros podemos, si queremos. Este es nuestro viaje y la libertad de acción sólo se verá coartada por nuestra propia voluntad. Pero es que el agua está muy fría y además me he mojado los calzoncillos. Pues al final nos hemos quedado en pelotas, mamá.

El sol se pone con pereza y nos abrazamos. Yo miro al horizonte y tú hundes la cabeza en mi pecho. Te estrujo mientras evoco a tu hermano. Te pregunto si lo echas de menos. Tu respuesta es breve y sincera. Tu sinceridad es instintiva y sólida. Deseo que siga siendo así mucho tiempo. Asomas esa mirada fresca y la diriges hacia el mar. Mamá, tengo hambre. ¿Ahora adónde vamos?

Ahora, pequeño C.,  seguiremos yendo. Muchas gracias por tu impagable compañía, señor asombroso.

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