Equilibrios sin red y muchas gracias a todos

 

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(Foto: Miss Cuadernos, Verónica 2014. Esto no es lo que parece; en realidad, es mucho más…)

Red: Aparejo hecho con hilos, cuerdas o alambres convenientemente dispuestos para cazar, cercar o sujetar. Ardid o engaño del que alguien se vale para atraer a otra persona.

 

La Red, atrapados, cercados, sujetados, engañados… Hablamos poco y escribimos mucho, y con pocas letras. Pero las ideas no se agotan, la creatividad fluye con aparente (y sospechosa) libertad. De pronto un «clic», el piar de un pájaro enjaulado en una grabación, y la soledad de la idea rompe su cascarón para anidar en otra mente.

Hace ya doce meses que estoy en esa Red que se abre, pero tiempo atrás, me encontraba cercada por un entramado que iba asfixiándome día a día. Durante años (desde que escribía en el aire con el dedo) me oculté tras una cordillera de diarios que sólo yo remontaba para poblar de personajes, de notas, de imágenes traducidas a palabras, cobijada al amparo del anonimato y la desconfianza en mi creatividad.

Fue pasando la vida, y siempre esperaba que algún cataclismo (un sino ineludible) hundiera la montaña de páginas ocultas y me obligara a compartir mis creaciones, como el superviviente que se sacude el polvo tras una lluvia de cascotes: la muerte repentina de un ser amado; el increíble nacimiento de un primer hijo; la muerte de otro ser amado; el nacimiento de un segundo hijo; el derrumbamiento de un proyecto de familia; un oscuro descubrimiento personal… Todo me inspiraba para seguir escribiendo, pero siempre a la sombra de las rocas del olvido.

Hasta que ocurrió lo fundamental: cometí la infidelidad más dolorosa que pueda existir. Y me enamoré.

Creo en el amor libre, y el ser al que amo ahora con libertad es al que más infiel había sido hasta ese instante en que me sinceré. «He conocido a otra persona», fueron mis palabras exactas. Y esa persona era yo. Y me quería. Y amaba lo que hacía. Y descubrí que aquello que mantenía oculto como una vergonzosa malformación, era lo que me conformaba y me convertía en quien soy. Una escritora. Ya nada ha de obligarme a escribir, porque jamás he dejado ni dejaré de hacerlo. Nada me obliga a compartir lo que creo, porque, sencillamente, creo en ello.

Vivo con la escritura y ella vive en mí. Viviré de la escritura y ella mejorará su nido en mi alma. Porque tendrá más tiempo antes de salir y disfrutar por su cuenta de una existencia propia. Porque será parida con pasión, sin contención ni impaciencia. Y buscará miles de nuevas entrañas a las que enternecer o repeler.

Atrás quedó la red de arrastre. Me adentro desnuda en un enredo de mentes receptivas, dispuestas a romper el cascarón de la creación y dejar volar a sus hijos.

 

Gracias.

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