Impulsos de energía (o viaje electromagnético al otro lado del altavoz). Uno

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(Foto: mi radiocasete de doble pletina y mi cuaderno. La cocina de casa, 2014)

Hace quince días tuve la oportunidad de compartir mucho más que una hora y media de radio con Òscar Moré, Víctor Fernández, Marta Delcor, Willy Arnal, Abel Jiménez y sus dos artistas “protegidos”: el actor Joan Bentallé y el cantautor Robert Molina, en los estudios de Cadena Ser Barcelona, donde se graba el programa Espècies Protegides.

¿Cómo llegué hasta allí? ¿Qué descubrí al llegar? ¿Cómo son las Espècies por dentro? ¿Y por fuera? ¿Quién mató a Kennedy? A  modo de crónica relativa o de relato crónico (por su persistencia) en tres partes y una conclusión, intentaré despejar estas incógnitas. Vale, la última no; de todas formas, “Me respetan”, ¿verdad, Loli?  

uno: azul sonoro

Oigo voces mientras escribo. También las oigo mientras traduzco. Hago una pausa para tomar un café, y las voces me siguen hasta la cocina. De pronto, se callan; el cable que les da la vida se ha desconectado. Es un cable pegajoso a fuerza de habitar las distintas cocinas que he ocupado durante veinte años. A duras penas resiste encajado donde debe, lo mantiene en su sitio el pegamento del paso del tiempo. Y ese pringue me adhiere como una mosca a la tira venenosa del recuerdo.

Regreso a una de esas noches universitarias de escritura a mano (la madrugada estaba ya muy entrada en el piso de estudiantes para usar la máquina eléctrica), esos momentos con la única compañía de Gemma Nierga susurrándome al oído en catalán, hablando por hablar. Durante una de esas sesiones con mi radiocasete de doble pletina y mi lámpara con brazo de resorte sentados conmigo a la mesa, la segunda decidió desplazarse. Sin embargo, las letras y lo que me inspiraba la voz insinuante de la locutora me hicieron registrar el movimiento inexplicable como una simple distracción. Transcurridos unos segundos, la lámpara volvió a desplazarse. Levanté la vista, pero lo único que noté fue una pesadez insoportable en los párpados. Momento de irse a la cama. Al día siguiente también fue la radio la que me informó de que, durante la noche, se había registrado un pequeño seísmo en mi zona. Las ondas hertzianas me hicieron ignorar las sísmicas. Y así, desde que tengo memoria auditiva.

Esas voces que me han atrapado de tal forma que ni un temblor me conmueve como lo hacen ellas. Esas voces que siempre me han hablado al oído. Esa sensación de estar recibiendo de forma exclusiva unas palabras pensadas para mí y, en cierta forma, inspiradas en mí, en la cotidianidad de todos los oyentes… Esas voces habitan en las entrañas cableadas de un objeto inmortal: mi viejo radiocasete de doble pletina. La caja negra que atesora tantos instantes irrepetibles. El artilugio que me permitió grabar la banda sonora de mi juventud y jugar al reporterismo doméstico.

En uno de mis descansos matutinos con parada obligatoria en la cafetera, le doy al EJECT. Es un gesto distraído, aunque motivado por la nostalgia. Guardo la caja con los viejos casetes en la cocina, escojo uno al azar y lo escucho. La carátula reza «Grabaciones Disco Grande», escrito con mi florida caligrafía juvenil. La cinta empieza a girar y me emociono; mi caos siempre me sorprende con regalos inesperados. Suena la entrevista que le hice a mi abuela cuando ella tenía ochenta años y yo dieciocho y mucho atrevimiento. Se me forma un nudo en la garganta que amenaza con no dejarme tomar el café de la pausa. Para deshacerlo, conmuto del casete a la radio. Es 5 de septiembre de 2014 y acabo de regresar de mi viaje a Islandia. El viaje que me ha vuelto del revés, el que me inspira el libro que escribo, y tengo la sensibilidad en carne viva. Escuchar voces conocidas me confortará.

La emisora sintonizada por defecto, a fuerza de oxidación por la costumbre, es Cadena Ser. Espero escuchar Especialistas Secundarios, el saludo de Armand, pero me sorprende el timbre de otro locutor. Mi primera reacción es de sobresalto. Me he ausentado unas semanas, he vivido desconectada casi un mes, y la radio ha cambiado de voz. Un tal Víctor se arranca por Freddy Mercury con motivo del que hubiera sido su cumpleaños número 68. Willy anuncia que tiene «dolores desde la punta de cabeza a la punta de los pies» por boca de una señora estresada, atracada a golpe de micrófono en plena Boquería barcelonesa. Òscar me da la bienvenida a una nueva fauna y flora, y habla consigo mismo durante la conexión “en directo” con la unidad móvil. Mientras tanto, Marta doma a las bestias y se niega a cantar en un ejercicio de seriedad y buen juicio. A caballo entre la sorpresa y la emoción por la novedad, me acomodo, café en mano, y descubro que tengo un problema: soy radioadicta a la protección de Espècies.

Algunas de esas voces que me hablan mientras me aplico en la tarea de ganar el pan lanzan un cabo al oyente. Me recuerdo pensando en llamar a la radio en incontables ocasiones, elaborando en mi imaginación el ocurrente diálogo que mantendría con este o aquel locutor. Pero jamás había tenido el arrojo de hacerlo. No obstante, los años pasan, y las redes sociales son redes de arrastre que, a diferencia de las marinas, no practican la retropesca, sino la más moderna caza al salto. El equipo de Espècies Protegides dedica una sección entera a «desvirtualizar» a los pájaros que los seguimos a golpe de piada: «El tuitero del día».

Este 5 de septiembre es viernes, hay mercadillo en la calle, las gitanas gritan sus salmodias y cantan las alabanzas de la faja tanga, la policía corretea tras los manteros que pescan sus mercancías tirando de un cordel y, en mi cocina, desde el otro lado del altavoz, una tal Cornelia me anima a abrir la puerta de la jaula del pájaro azul, para que vuele con mis chascarrillos internaúticos hasta las tripas de la radio. Me lo sugiere incitándome a escribir un mensaje ingenioso. Mis palabros me valdrán una invitación al alma de las ondas. Me dispongo a viajar cual Atreyu, a lomos del ave azulada, con la ilusión interminable de descubrir rostros y secretos sonoros.

continuación en dos: Ser y escuchar

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