Impulsos de energía (o viaje electromagnético al otro lado del altavoz). Dos

mesa de mezclas_willy

(Foto: la mesa de Willy y mi cuaderno.)

dos: Ser y escuchar

Llego a las puertas de la madriguera radiofónica, cargada con mi bolsa de ofrendas, seis pesados volúmenes, seis copias de la novela El invierno del mundo, de Ken Follett, versionada al castellano por Anuvela, grupo de malabaristas lingüísticas en el que respondo por «Ve». Los ejemplares me acreditan como trujamana, aunque soy una viajera sin documentos. Voy cargada de ilusión, pero desprovista de DNI. Y en el mostrador, también excusándose ante el guardia de seguridad por su falta de papeles, está Joan, Joan Bentallé. Compartimos complicidad de indocumentados y una emoción genuina por parte de ambos ante la expectativa radiofónica. No tardan en aparecer algunos de nuestros anfitriones. Òscar Morè, Víctor Fernández, Marta Delcor y Willy Arnal. Y empieza la caída libre hasta la guarida de las ondas.

Bajamos, bajamos y bajamos; o bien la escalera es muy larga o bien nos acercamos al centro de la Tierra. En el descenso todos parecen conocerse, con cada escalón se atraen más, quizá la imantación del núcleo terrestre empieza a hacer efecto entre los presentes. Lo electromagnético habita en la radio y, por lo visto, en sus habitantes. Joan, actor con muchas tablas radiofónicas, bromea relajadamente con los anfitriones. Algún chiste privado se me escapa, pero no me siento extraña. Algo me anuncia que soy más que una espectadora, soy partícipe de una fiesta muy especial.

Òscar Moré, la voz cantante del programa, es el Conejo Blanco: veterano en estas lides, atento a los invitados, atento a la programación, no para de sonreír ni pierde de vista el reloj interno que le indica que no puede llegar tarde; el programa debe empezar a tiempo; todo el mundo debe tener un espacio de participación, hay que seguir un guión, pero a la vez debe quedar lugar para la improvisación. ¿Logrará estar en todas partes? Ocupa su lugar al frente del micro y sigue sonriendo. Siempre sonríe.

Entonces aparece el Sombrerero Loco, Víctor Fernández, aparentemente distraído, aunque con mirada de camaleón: lo capta todo. Dispuesto a cortar cabezas con las múltiples y afiladísimas alas de sus sombreros cuando viste el contenido de su baúl de farándula, para dar vida a su plantel de  personajes. Es un maletón lleno de voces, canciones y ocurrencias. Un mueble viajero que se intuye lleno de oropeles, pero también de horas de estudio, de lectura, de escucha, de atención. No obstante, detrás de Loli Menéndez, la deslenguada centroamericana que aterrizó en pleno centro de Barcelona, procedente de algún poblado chabolista, con ganas de comerse el mundo, los escenarios y que, para conseguirlo, se tragará lo que haga falta; detrás de Cornelia, esa tieta catalana carranclona y mordaz, que invade con descaro casas particulares vía telefónica, preguntando por el tiempo en calidad de meteoróloga radiofónica; detrás del primo de «Graná», ese andaluz flemático, el que arrastra las palabras y las dispara de pronto con voz aflautada para sobresalto de su interlocutor; detrás del abuelo Alfonsu Saus y de sus salidas de tono con sus entradas inesperadas y procaces al estudio en plena grabación del programa… Detrás de todos ellos se esconde la verdadera esencia: el actor periodista o periodista escénico, que ya no es el Sombrerero Loco distraído y con verborrea, es Bayard, el sabueso informador, ese investigador de la novedad que anhela presenciar todos los conciertos, todas las obras teatrales, todas las danzas, para poder desmenuzarlas, asimilarlas y saborearlas con el público que no tuvo la suerte de experimentarlas.

Se abre la puerta del estudio, y apresurada, abrazada a un fajo de folios recién impresos, entra la Reina de Corazones, Marta Delcor: con paso firme, con aire organizador, con el gesto preciso para acoger y saludar a todos los presentes. Combina formalidades y profesionalidad, sonrisas y orden. La seriedad de una locutora entregada a su oficio con el toque justo de desenvoltura. Se mueve con tal gracilidad que da la sensación de estar bailando de forma permanente. El estudio no es muy grande, pero ella consigue distribuir papeles y miradas que exigen coordinación del grupo sin chocar con nada ni con nadie, y lo hace siguiendo una coreografía que parece ensayada. Ordena su espacio de actuación, comprueba la posición de los objetos, de las personas y se dispone a iniciar el programa.

Me sitúan junto a la mesa de mezclas. «Voy a ver trabajar al técnico de sonido», pienso, incrédula. Con sólo alargar la mano, podría tocar ese ábaco sonoro, con su arco iris de diales, tan plagado de historias fugaces que comunican un mundo con un solo sonido, archivo de fragmentos vitales que componen el alter ego de Willy Arnal. Pero me contengo. Entonces entra el técnico de audio creativo. El Harpo de este programa; ¿cómo puede fingirse mudo y trabajar en la radio? Robando las palabras, usurpando exabruptos. Y con una sonrisa que lo dice todo sin tener que articular nada. Se adivina a alguien muy ocurrente, que las caza al vuelo con su red sonora; el técnico creativo más rápido a este lado del Llobregat. Cuando un invitado está pensando en una ventosidad, Willy ya tiene preparada, hace rato, la expresión sonora del pedo enlatado. Doy fe.

Me abruma la constante entrada de especies a la pecera de cristal, sobre todo, porque busco impaciente el rostro anónimo de Abel Jiménez, la persona que contactó conmigo para invitarme al programa. En cuestión de segundos, me instaló en la comodidad de la charla con un conocido y, de paso, me hizo una entrevista telefónica, creo. Yo estuve conversando con un amigo. Vuelve a abrirse la puerta. Entran dos enormes faros. Lo iluminan todo desde lo alto de un chico vestido de negro. Es Humpty Dumpty y tiene el poder de ver a través del espejo. Sentado en la cima del mundo, parece frágil como el proverbial personaje de Carroll, aunque en su discreción almacena multitud de respuestas a otras tantas preguntas, que él formula a todos los invitados antes de que se conviertan en tales. Investiga, indaga, navega y recupera de los pecios hundidos en la Red no sólo lo que más reluce, sino aquellos episodios que a veces han sido conquistados por el verdín del olvido.

Saluda desde la distancia y va a ocupar un lugar un tanto provisional. Entra y sale del estudio, trae botellines de agua, folios que faltaban, y lo hace flotando. Todo está dispuesto para empezar…

continuación en tres: de luces de bohemia, notas eternas y otras magias. Joan Bentallé y Robert Molina


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