No tengo tiempo

TIEMPO DE MANZANAS

 (Foto: Tiempo de Manzanas. Nuevo Reloj Controlavidas, en la tienda de la Manzana, Central Station, Nueva York. Verónica, 2015)

Y hoy, recomendación musical (dale al play para leer): “Cigarrettes and chocolate milk”, del gran Rufus Wainwright. Porque es tiempo de cigarrillos y leche con chocolate….

La ventana estática nos susurra a los ojos historias infinitas y nos obligamos a no darles la tregua del cierre. Imágenes y líneas que son prueba del tiempo que otros tienen para hacer y decir cosas que nos gustaría haber tenido tiempo para pensar siquiera.

Vuelve a empezar el día y sus horas corren ligeras, aunque a veces nos pesen, no como una losa, sino como la falta que nos hace parar un poco para contemplar cómo pasean por delante de nosotros, con la calma con la que observamos el sueño profundo de un hijo o un perro que respiran entregados al olvido.

Nuestros padres deciden marcharse de la fiesta de cumpleaños justo en el momento en que por fin empezábamos a pasarlo mejor y a olvidar el teléfono móvil cargado de juegos al alcance de un acoso y derribo insistente. Entonces, esa conciencia de un tiempo que parece estar peleado con nuestros anhelos empieza a plantar el culo en un rincón del alma para quedarse.

Algún gurú nos recomienda desde páginas o líneas virtuales que permanezcamos en el ahora y pone a la técnica un nombre en inglés, que nadie traduce, para poder vendérnosla mejor. Pero ese tiempo presente exige silenciar el pasado, sofocar el recuerdo, y el olvido nos desorienta, nos ahuyenta.

En una conversación cazada al vuelo, una señora de unos sesenta y cinco años dice: «Uy, yo dentro de diez años, ya estaré más pacá que pallá» y la conciencia del tiempo que se acabará nos cosquillea en la oreja.

El pequeño C., de cuatro años, me insiste en que contemos los días que quedan para su cumpleaños, y el aumento de las cifras le proporciona un placer tan sensual, se acerca tanto a ese día de celebración, que repite sin cansancio el recuento.

Tiempo bajo techo en un espacio vacío de compañía. Tiempo nocturno iluminado por una pantalla que finge estar viva, pero que morirá si la desconectan. Tiempo que tarda en consumirse una colilla, único calor entre los labios de muchos. Tiempo flotando a la deriva en el mar, bajo las malditas estrellas, faros de la desorientación, rechazados por todas las costas que podrían acogerlos para que pudieran dormir al menos, ni tan siquiera comer, con la tranquilidad de que llegarán a despertar cuando el sol empiece a desollarlos, otra mañana más. Tiempo para que el nuevo final de mes se aleje todo lo posible del último día del mes anterior. Tiempo para que esas horas con los colegas no se vean interrumpidas por la exigencia de unos padres que olvidaron ya qué significa ser adolescente. Tiempo para digerir una separación, para poder vivir la nostalgia de lo que fue y soportar la incertidumbre de lo que ya no será. Tiempo para que aparezca la cura de esa cosa que devora a tu hijo, único entre muchos miles, que los demás llaman enfermedad rara y que tú tienes como única vida.

En busca del tiempo perdido, Tiempo de silencio, El tiempo entre costuras, La máquina del tiempo, La llave de tiempo, En algún lugar del tiempo, La importancia de morir a tiempo… Tiempo, tiempo, tiempo. Dame tiempo. Me tomo un tiempo. Deja pasar tiempo. El tiempo dirá. Tiempo al tiempo. Vamos a darnos un tiempo… Para no tenerlo, lo usamos mucho al hablar, al escribir, al vivir. Al fin y al cabo, como dijo Woody Allen: «El tiempo es la forma que tiene la naturaleza de evitar que ocurra todo a la vez».

Cinco minutos más,  «¿Y para qué quieres más tiempo, hijo?», pregunto, asombrada, con la puerta de casa entreabierta y las llaves del coche quemándome en la mano. «Pues para seguir pasándolo bien», contesta él, igual de atónito.

«Para seguir pasándolo bien.»

Tiempo tenemos, de sobra, un tiempo inagotable que nos empeñamos en consumir sin saborear. Porque el tiempo es como un chicle, no por lo elástico, sino por ese sabor que se acaba, pero que permanece en las papilas gustativas de la experiencia. Cuando ya no es más que una goma insípida, puedes agarrarlo y usarlo para pegar algo roto, como la grieta abierta entre la falta de tiempo y el saber cómo disfrutarlo. Tengamos menos reparos en usarlo como nos dé la gana, en tocar la saliva con los dedos y gozarlo como lo que es: la única chuche que dura para siempre. Porque la eternidad no tiene límite, y lo eterno es la huella marcada que no imprimimos en nuestra historia por un solo motivo: falta de tiento (con nuestro tiempo).

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