Achicorias o de cómo derribar para construir

azul achicoria

(foto: el Azul. Àtic 22, Achicorias. Verónica)

Cuando tú te hayas ido, 
con mi dolor a solas, 
evocaré este idilio
y aquellas azules horas,
cuando tú te hayas ido
me envolverán las sombras.

Alberto Cortez

Música: Nadie me ama 

El azul nos recibe y no estamos frente al mar. El ruido sordo de un oleaje invisible llega entre las notas de un bolero. Un foco convierte en protagonista a una silla, a la espera de que llegue su ocupante, mientras la música va tomando una posición cada vez más prominente. Ese color que evoca tranquilidad e infinitud deja paso al blanco, y es el momento en que el océano se torna vestíbulo de hotel. De hotel azul, aunque ya en el recuerdo de los ojos.

Acabamos de entrar en un mundo poblado por seres en apariencia cotidianos, tanto como el dolor que describen, como las gotas de felicidad que los salpica, siempre con una sencillez engañosa que, en las palabras paridas por Carlos Be, Gemma y Paco convierten en himno de la autenticidad.

Ya no somos más público, ya no más; situados ante un despliegue tan rotundo de honestidad, metamorfoseamos en personas que pasaban por allí, en vecinos que miraban de soslayo, en testigos morbosos, en observadores de los que podrían declarar al ser apuntados con el micrófono del reportero: «Era muy buen hombre. Parecía un buen padre. Nadie se lo esperaba» o «Es una lástima, pobre chica», e incluso «Qué desgracia. Es increíble que exista gente así».

Cuando nos encontramos ante escenas que nos desgarran en cada movimiento, cuando cada ingrediente de lo sucedido va retorciéndonos las tripas hasta formar un nudo ciego en nuestra mirada, los ojos nos empujan a la actuación, las manos se niegan a aplaudir, los labios se niegan a esbozar una sonrisa. Queremos levantarnos y rescatar, golpear, defender, proteger. Vomitar. Pero callamos. Siempre. Demasiado.

Carlos Be, Helena Loveshock, Gemma y Paco han conseguido arrancarnos el parapeto de público tras el que nos protegíamos, y dejarnos desnudos en la cuneta de una obra que no levanta muros, sino que derriba la cuarta pared.

Las Achicorias son silvestres, son amargas, son purgantes, son sustitutas de la acritud auténtica y más negra del café. Pero son perennes y favorecen la digestión. Una dosis de Achicorias, una sesión junto a Gemma y Paco, de la mano de Helena y desde el universo de Carlos Be, contribuye a mejorar el tracto vivencial de llantos ajenos, que se convierten en salitre propio de quien los observa.

 

Achicorias es una obra escrita por Carlos Be, dirigida por Helena Loveshock Tornero y vivida por Gemma Charines Pedrero y Paco Aldeguer para su público.

Podréis verla en Barcelona, en el espacio Àtic 22, hasta el 28 de febrero.

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