Deshauciar

visstas al cielo

 Foto: con vistas al cielo. Verónica, Sarnago. Tierras Altas, Soria, 2016

Música: Let it be, The Beatles

  1. Quitar a alguien toda esperanza de conseguir lo que desea.
  2. Dicho de un médico: Admitir que un enfermo no tiene posibilidad de curación.
  3. Dicho de un dueño o de un arrendador: Despedir al inquilino o arrendatario mediante una acción legal.

Que desahucien a un amigo es una putada, en cualquiera de sus tres frías acepciones. Y si el amigo eres tú, la putada adquiere tintes aún más definidos. Cuando el amigo es, además, autónomo, tiene hijos a su cargo y nada hacia la orilla desde la costa de la separación, la piedra de Sísifo se torna pelota de mierda, de esas que empujan los escarabajos, pero de tamaño planetario.

¿Qué le dices a un amigo desahuciado? ¿Que se anime? ¿Que nunca se quedará solo? ¿Que todo tiene solución en esta vida menos la muerte? ¿Que piense en las guerras, los niños huérfanos, los refugiados, el hambre mundial, la amenaza terrorista? ¿Que él está mejor que todo lo anterior? Pues no.

A mi amigo, que soy yo, le digo que se tome unas buenas birras y se cague en todo, que se entregue a la desconexión, que llore, ría y escupa, que hable con quién le dé la gana y retire el saludo a quienes cierran puertas. Y le digo, mirándome al espejo, que ni el diccionario de la Real Academia (esa tan real como los mundos de Yupi) ni el banco ni todos los dueños dados a las despedidas podrán con esto que nos une: la vida en danza.

Bailemos, pues, amigo. Hace falta mucho más que papeles para quitarnos la esperanza. Afirmemos que, efectivamente, no tenemos cura en esto de entregarnos a las letras para crear y despidamos con una fiesta esos días de puertas tapiadas: somos demasiado transparentes para que nos paren unos ladrillos.

 

A tu salud, amigo. A nuestra salud.

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Pedid un deseo (¿Se pueden pedir dos?)

 

 

turisaperfecta

Foto: A tu sonrisa no le falta nada. G., 8 años.

Música: Allez, allez, allez

La belleza es la verdad y la verdad es la belleza…

John Keats

G. ha cumplido ocho años. En un solo día de un niño de ocho años se contienen todas las emociones que, más adelante, creemos vivir en varios meses. Un pequeño de ocho años que tenga la suerte de haber nacido de este lado del muro tiene deseos muy similares a los nacidos del otro lado de la desigualdad. Sin embargo, los adultos lo perdemos de vista en más de una ocasión.

Muchos adultos han pretendido que el niño entienda que es más afortunado que otros, que valore lo que tiene. Pero ¿qué tiene? Nuestros niños con casa, tres comidas al día, colegio, ropa de abrigo y toda otra serie de necesidades cubiertas que no pienso enumerar (pues tal vez cayera en el error de señalar a alguien por lo que tiene o no tiene), poseen algo infinitamente universal: la visión de la belleza.

Quiero aclarar que voy a hablar de niños, no de hijos. Porque lo que ellos nos aportan y lo que llegarán a aportarnos será para todos, seamos o no seamos madres o padres, abuelos, tíos… Ellos son ahora y serán después que nosotros, con bastante probabilidad.

Los niños quieren más niños, quieren estar en tribu, quiere correr y reír juntos, gritar, saltar, jugar, en definitiva, vivir. Los niños quieren tener sus complicidades, compartir espacios, experiencias, secretos, intimidad. Los niños expresan con alegría rebosante de colores todos sus sentimientos y en unas horas ríen, lloran, dudan y solucionan cuestiones. A veces se apartan de la manada y quieren estar solos. Luego se reencuentran. A veces se enfrentan y discuten, a veces también se pegan, se hieren con la palabra. Y entonces buscan el acompañamiento de quienes consideran sus referentes.

Y el regalo que me pidió G., para su cumpleaños número ocho, fue ése: tribu. No hace falta dinero, no hace falta mucha organización, no hace falta tener una gran casa. Sólo una cosa, querer reencontrarse con ese deseo de compartir, comunicarlo y abrir las puertas.

Durante las semanas previas a la fiesta de pijamas en nuestro piso de 60 metros cuadrados, ubicado en un barrio-barrio, fui encontrando caras de estupor, miedos expresados en voz alta: «¿Vas a poder tú sola con once niños a dormir? ¿Meriendan en tu casa o te lo llevo sólo a cenar? ¿Y si no se duermen? ¡Va a ser un lío!, ¿te lo has pensado bien?».

Por unos segundos pensé que estaba equivocándome,  pero me duró poco. Recordé entonces a mi propia madre. Ella tenía muchas más dificultades que yo, menos medios, no contaba con tiempo para organizar juegos ni para preparar un cátering casero impresionante. Estaba sola, mejor dicho, los demás creían que estaba sola. Pero no era así. Mi madre estaba acompañada por algo inquebrantable: su amor infinito hacia la infancia. Y eso alimentaba el motor que le permitía llevar a cabo cuanto se proponía.

Mi madre me enseñó, viviendo como lo hacía, que nos movemos por dos motivos esenciales: por amor o por miedo. Algunas veces esas dos motivaciones se funden, y está en nuestra mano decidir cuál será la energía que consumiremos al actuar. Así que yo he tirado de amor para celebrar algo tan bello como el nacimiento de mi primer bebé. Aparqué los miedos ajenos y reuní todas las fuerzas necesarias, que, al final, fueron muy pocas.

He disfrutado como no podía imaginar despejando el espacio, apartando muebles y poniendo flores y plantas en casa para invitar a la primavera. Con muy poco dinero compré aquello que creía que nos haría felices: azúcar, sal y guirnaldas. Al final, todo lo dulce, salado y colorido de la fiesta lo pusimos nosotros, los niños y los padres que estuvieron a nuestro lado para que todos lo pasáramos bien. Y eso no lo pude comprar. Me lo regalaron.

Y qué regalo: una pequeña de dos años corriendo por el piso con la escobilla del váter en la mano, que al final acabó en un lugar no muy habitual. Imaginad una cantante diminuta con un peludo micrófono en mano; no diré más. Una hermosa niña confundida porque no entendía en qué momento empezaba la «fiesta de pijamas»: ¿dónde estaban los cojines con los que poder atizarse hasta que todo quedara cubierto de plumas? Un pequeño de ojos enormes preocupado por pegar el dibujo que le había regalado a G. en un lugar que a mi hijo le gustara («Me pasé toda la noche dibujándolo. Verónica, prométeme que quedará bien pegado a la pared.») La misma punki de la escobilla gritando: «¡C. ven aquí (el hermano de G. de cinco años), ven conmigo!» y G. desesperado, corriendo por delante de ella y gritando: «Déjame, M., que no soy C.» Un grupo de niños enseñándole a una niña a jugar a fútbol, porque a ella, según ella misma, eso no se le da bien. Otra niña vestida con mi tutú rojo y mi boa negra sintiéndose diva por unos segundos. Otro niño con mi máscara veneciana, sintiéndose también divo. Los once niños bailando flamenco desnudos en el salón de casa, justo antes de ponerse los pijamas, improvisando una danza alocada previa al momento de refugiarse, apiñados, en el dormitorio donde dormirían juntos. Las idas y venidas, subidas y bajadas, de las literas al suelo, del suelo a las literas, mientras se organizaban para dormir los unos con los otros. Las protestas de los que querían dormir mientras otros tantos querían seguir despiertos. Al final, los cansados acabaron en mi cama. Yo dormí en el pasillo.

No estaba sola. Además de los pequeños y sus torbellinos, la madre y el padre de N. y la madre de A. y M., se quedaron con nosotros y retrasaron su partida para disfrutar del espectáculo. No tuve la sensación de que se quedaran «para ayudar». Creo que no querían marcharse. ¿Quién querría dejar una fiesta así?

Y los miedos superados. Tres de las pequeñas sintieron la profunda nostalgia del hogar en el instante de irse a dormir. Ese momento en que bajamos todas las barreras y acuden a nosotros las vulnerabilidades. Tenían abierta la posibilidad de volver a sus casas, cómo no, pero ellas decidieron quedarse, experimentar ese momento.

Cuando la pequeña cantante punki del micrófono-escobilla cayó redonda sobre la alfombra, pegada al pecho de su madre, M., y la última resistente, A. (también hija de M.), dejó de visitarnos en el salón y también se entregó al sueño, relajada por la promesa de que su madre no se marcharía sin darle un beso, nosotras abrimos un nuevo capítulo de este libro festivo. En la cocina, ya en silencio, exprimimos hasta la última gota de la madrugada compartiendo palabras y golosinas con iguales dosis de azúcar e intensidad.

M. se marchó cuando los párpados pesaron más que las palabras. Nos abrazamos y nos fundimos en la despedida, apretujando entre nosotras el cuerpecito de la diminuta persona dormida sobre el pecho de su madre, estrujando con fuerza ese último instante de una noche tan irrepetible. M. no se fue sin posar ese beso prometido sobre la mejilla de A., que, entre sueños, expresó su deseo de quedarse en mi casa. Esa noche dormiría lejos del nido.

A la mañana siguiente, muy temprano (muuuuuyyyy temprano para alguien que había dormido tres horas), las niñas despertaron y me regalaron algo que no olvidaré jamás. Sus sonrisas orgullosas por haber superado el miedo a dormir en casa ajena. Durante el desayuno quise celebrar con todos que hubieran decidido dar un paso tan importante en nuestro hogar y les di las gracias por haberlo hecho así, en un día tan especial para mi pequeña familia. Luego, mientras el homenajeado G. todavía dormía plácidamente en mi cama junto a su hermano C., sus amigos decidieron escribirle unas cartas que le dejarían en el buzón de cartón que G. había preparado: «Por si los invitados quieren decirme algo que no se atrevan a contarme en la fiesta».

Amor y miedo. Chuches y pijamas. Caos y risas. Intimidad y palabras liberadas en la barra de la cocina. Sueño acumulado y cúmulo de sueños. Todo ello se quedó entre las paredes de nuestro piso. Los miedos recorrieron su camino y acabaron evaporándose y mezclándose con el intenso perfume a pies, sudor y otros humores que se reconcentraron en la habitación de acogida.

Al amanecer, cuando desperté tirada en el pasillo (no por falta de espacio en las camas, sino porque era el punto intermedio entre todos los espacios), cómodamente tumbada sobre los cojines del sofá, visité los rincones donde dormían los niños, los contemplé en silencio. Abrí de par en par las puertas de mi balcón y fijé la vista en la fina línea naranja del amanecer. El horizonte del nuevo día se dibujaba saliéndose de la raya.

En cuanto todos hubieron despertado, convertimos el desayuno en la celebración pendiente: la tarta de cumpleaños. Íbamos a soplar las velas que habíamos dejado sin prender la noche anterior. Nos reunimos entorno al bizcocho del supermercado. Lo cubrimos de chuches, encendimos las llamas con mucha paciencia (nota mental: no volver a comprar las velas en el Chino) y los invité a desear lo que quisieran pensando también en los demás. Y ellos, los once, soplaron al unísono con todo el deseo de sus pulmones. La pequeña A., tal vez animada por la fuerza que le había dado el atreverse a pasar la noche fuera de casa, preguntó: «¿Se pueden pedir dos?»

M., quien es generosidad en cada paso, me contó al día siguiente que A. había pedido «Que nadie se ponga enfermo ni se muera nunca». ¿Y como segundo deseo?: «Un unicornio, mamá».

Un unicornio.

La mañana fue alargándose y los invitados se resistían a quitarse el pijama. La puerta de casa volvió a abrirse, pero esta vez para despedirlos, siempre hasta la próxima, cargados con su regalo: una bolsa de papel, del color que ellos escogían, con unas chuches y un libro dedicado por G. Dulzura y letras, no se me ocurre mejor recuerdo para una fiesta de pijamas.

Y también deseé un unicornio, un caballo alado y violeta que habitase para siempre en el corazón de esos seres que no han perdido la esperanza en esta vida, que la disfrutan con toda la intensidad de la alegría, la frustración, el llanto y la alegría de nuevo, cada día, con cada sol que amanece demasiado temprano, sobre todo los fines de semana, pero insiste en salir a diario.

Gracias, gracias, gracias a los pequeños y a sus padres por hacerme el regalo de poder compartir con ellos otro instante más de esa potencia vital que reside en todos los futuros adultos. Esa intensidad nos rodea. Está disponible en cada pequeño gesto de los niños. En su mirada y en sus palabras. Y está en todo el planeta. Protejámosla siempre como fuente de energía renovable.

Gracias.

La mirada desde la orilla o pensar con el cerebro ajeno

 

lamirada

Foto: Luis Salinas

Música: Electronic Warrior, T. Rex

 

Each sentence, even down to its syllabic and acoustical shape, embryonically contains the next.

(Cada frase, incluso hasta en lo que a sílabas y sonoridad se refiere, contiene el embrión de la siguiente.)

Colin Barrett.

 

19:30

Tras una larga travesía de un jueves entre galeradas, recalamos en la isla Calders. Se encuentra al cabo de un pasaje, rodeada de bares con sus terrazas incitantes. La que fuera fábrica de botones ahora está hecha de libros, y la habitan letras de toda índole. A sus habitantes no les asombra nuestra llegada, y nos observan en silencio, aunque sabedores de que nos adentramos en un territorio conocido. Un terreno que acoge la totalidad de las posibilidades. Una isla que fue arrasada por los piratas robalibros de Malpaso.

 

19:35

Avistamos, más allá del bosque de libros, una barra de bar: ese faro inconfundible, la transparencia afable de los botellines de cerveza y las copas a la espera de recibir y compartirse. Junto a ella, una tarima, tres sillas (falta una) un micrófono y una mesa. Y la promesa de unas palabras que hemos venido a escuchar. Las copas ya están llenas y los botellines van animando las conversaciones. Calders nos obsequia con esa compañía líquida, que tanto relaja las rigideces habituales en momentos en los que añoramos una muleta invisible de apoyo para los encuentros sociales (ahora que ya no se puede fumar).

 

19:45

Cada cual ocupa su lugar. Al final, saber dónde está uno no resulta tan difícil, al menos, cuando hay una silla en la que acomodarse. Los asientos del proscenio también han sido ocupados. Celia Filipetto (traductora), Daniel Osca (editor), Kiko Amat (escritor y prologuista). ¿Y el autor? Colin Barrett sin Colin Barrett: la pura esencia de esta presentación. La innegable presencia del escritor transmutada en la persona de la traductora.

La isla de Sajalín da nombre a la editorial que ha publicado la obra del autor de cuerpo ausente. Sajalín nos lleva a un entorno penitenciario, a un territorio rodeado de mar —promesa de viajes—, que constriñe a sus habitantes presos y los encierra en un destino que parece marcado a fuego en su ADN. Y de ahí llegan letras marginadas —la colección recibe el conveniente nombre de “Al margen”—: Repudiados, Gallo de pelea, La educación de un ladrón, No hay bestia tan feroz, Los reyes del jaco. Y ahora, arriba a puerto (aunque en un barco fantasma), el irlandés Colin Barrett, con su Glanbeigh.

Daniel Osca nos presenta a Colin Barrett; no está el escritor (un imprevisto lo ha dejado varado en Irlanda), pero aquí están sus letras. Qué grandes los libros que permiten viajar librándose del engorro de las esperas, las turbulencias, los desencuentros. Nos habla de un autor joven, laureado, hábil con el relato, equiparable a grandes escritores como Faulkner… Pero hay algo más en esa ausencia de Colin Barrett; sigue estando muy presente. Tal vez su no presencia se deba a esa habilidad de habitar ese lugar «donde todo se tuerce». Y en ese punto donde las palabras se vinculan con nudo ciego, Daniel Osca presenta a Celia Filipetto.

 

Celia Filipetto, colega experta y laureada de travesía traductora, toma la palabra. Empieza a hablar en la lengua que el joven irlandés no domina para escribir en ella y afirma: «Traducir los cuentos de Colin Barrett me ha permitido rejuvenecer […] Tomarme infinidad de pintas de Guinness y ahorrarme todas las resacas». Amigos: ¿rejuvenecer y embriagarse sin consecuencias? ¿Dónde hay que apuntarse para eso de traducir?

Una servidora sonríe con los ojos al escuchar a Celia compartir esos placeres. Ella habla de su experiencia desde ese lector que todos los trujamanes llevamos dentro, ese lector que bate palmas y da saltos disimuladamente, mientras mantiene la compostura externa, cuando el editor le ofrece leer por primera vez una historia llena de nudos deslizantes, de afectos cruzados entre palabras e historias, y desanudarlos para que otros lectores vayan tirando de la cuerda del relato.

Celia va metiéndonos en harina, nos sacude como a un montón de boquerones agitados dentro de un tamiz. Para que leamos a Colin Barrett en español ha combatido contra «armas de confusión masiva» y ha salido victoriosa. Contactó con un dj aficionado de tierras irlandesas con tal de saltar barreras lingüísticas cubiertas de cristales rotos (serían de cascos de cerveza) en forma de modismos casi de barrio. De un barrio que Colin Barrett tenía en su imaginación. Un lugar donde sus habitantes imaginarios también «echan  mano del argot americano». Unos personajes que usan una variedad tan grande de sinónimos para decir «borracho» como el número de cervezas distintas que son capaces de tragar.

 

Las palabras de Celia como lectora-autora-traductora invitan cada vez más a viajar a Glanbeigh, a ese pueblo «que no conoces, pero seguro que te suena».

 

Esta parada del día en la costa de nuevas letras, va tocando a su fin. Celia pone punto y final a su declaración. La ausencia de Colin Barrett habrá de llenarla Kiko Amat, que ha decidido leer su prólogo de viva voz. Se entrega a la interpretación apasionada de cuanto ha escrito. Y yo miro a Celia. Celia escucha con los ojos, tal como sé que traduce. Esa capacidad de atención a las voces y al silencio, esa habilidad para ver en el otro lo que el otro ha querido decir en su lengua, esa generosidad para desaparecer y a la vez ser más uno que nunca con tal de trasladarlo al propio idioma, metido en la piel del autor, son los componentes, algunos, que la convierten en traductora por derecho. Amigos, no se me ocurre mejor presentador de un libro traducido que su traductor.

Ha sido este un viaje inolvidable que marca el inicio de una nueva aventura. Invito a todos a disfrutar de ella. Celebro y deseo que todos los capitanes editoriales cuenten con sus trujamanes para seducir a sus futuros lectores. No hay mejor arma de seducción que la descripción de la propia experiencia desde su mismo origen: el acto creativo en sí.

Por eso cierro esta particular bitácora con palabras de la propia trujamana: «Se dice que en los pueblos chicos el infierno es grande. Imagínense cómo serán los pubs de esos pueblos chicos si, además, son irlandeses.  En los cuentos de Colin Barrett, el pub es el local por excelencia donde pasa de todo y donde todo pasa: pasa la vida, pasa el amor, pasa la guerra, pasa la paternidad, pasa la amistad, pasa la juventud no siempre perdida, pasa la muerte en cortejo fúnebre. Los invito a que viajen a Glanbeigh y se apunten a esta visita guiada de Colin Barrett. La disfrutarán».

Gracias.