La mirada desde la orilla o pensar con el cerebro ajeno

 

lamirada

Foto: Luis Salinas

Música: Electronic Warrior, T. Rex

 

Each sentence, even down to its syllabic and acoustical shape, embryonically contains the next.

(Cada frase, incluso hasta en lo que a sílabas y sonoridad se refiere, contiene el embrión de la siguiente.)

Colin Barrett.

 

19:30

Tras una larga travesía de un jueves entre galeradas, recalamos en la isla Calders. Se encuentra al cabo de un pasaje, rodeada de bares con sus terrazas incitantes. La que fuera fábrica de botones ahora está hecha de libros, y la habitan letras de toda índole. A sus habitantes no les asombra nuestra llegada, y nos observan en silencio, aunque sabedores de que nos adentramos en un territorio conocido. Un terreno que acoge la totalidad de las posibilidades. Una isla que fue arrasada por los piratas robalibros de Malpaso.

 

19:35

Avistamos, más allá del bosque de libros, una barra de bar: ese faro inconfundible, la transparencia afable de los botellines de cerveza y las copas a la espera de recibir y compartirse. Junto a ella, una tarima, tres sillas (falta una) un micrófono y una mesa. Y la promesa de unas palabras que hemos venido a escuchar. Las copas ya están llenas y los botellines van animando las conversaciones. Calders nos obsequia con esa compañía líquida, que tanto relaja las rigideces habituales en momentos en los que añoramos una muleta invisible de apoyo para los encuentros sociales (ahora que ya no se puede fumar).

 

19:45

Cada cual ocupa su lugar. Al final, saber dónde está uno no resulta tan difícil, al menos, cuando hay una silla en la que acomodarse. Los asientos del proscenio también han sido ocupados. Celia Filipetto (traductora), Daniel Osca (editor), Kiko Amat (escritor y prologuista). ¿Y el autor? Colin Barrett sin Colin Barrett: la pura esencia de esta presentación. La innegable presencia del escritor transmutada en la persona de la traductora.

La isla de Sajalín da nombre a la editorial que ha publicado la obra del autor de cuerpo ausente. Sajalín nos lleva a un entorno penitenciario, a un territorio rodeado de mar —promesa de viajes—, que constriñe a sus habitantes presos y los encierra en un destino que parece marcado a fuego en su ADN. Y de ahí llegan letras marginadas —la colección recibe el conveniente nombre de “Al margen”—: Repudiados, Gallo de pelea, La educación de un ladrón, No hay bestia tan feroz, Los reyes del jaco. Y ahora, arriba a puerto (aunque en un barco fantasma), el irlandés Colin Barrett, con su Glanbeigh.

Daniel Osca nos presenta a Colin Barrett; no está el escritor (un imprevisto lo ha dejado varado en Irlanda), pero aquí están sus letras. Qué grandes los libros que permiten viajar librándose del engorro de las esperas, las turbulencias, los desencuentros. Nos habla de un autor joven, laureado, hábil con el relato, equiparable a grandes escritores como Faulkner… Pero hay algo más en esa ausencia de Colin Barrett; sigue estando muy presente. Tal vez su no presencia se deba a esa habilidad de habitar ese lugar «donde todo se tuerce». Y en ese punto donde las palabras se vinculan con nudo ciego, Daniel Osca presenta a Celia Filipetto.

 

Celia Filipetto, colega experta y laureada de travesía traductora, toma la palabra. Empieza a hablar en la lengua que el joven irlandés no domina para escribir en ella y afirma: «Traducir los cuentos de Colin Barrett me ha permitido rejuvenecer […] Tomarme infinidad de pintas de Guinness y ahorrarme todas las resacas». Amigos: ¿rejuvenecer y embriagarse sin consecuencias? ¿Dónde hay que apuntarse para eso de traducir?

Una servidora sonríe con los ojos al escuchar a Celia compartir esos placeres. Ella habla de su experiencia desde ese lector que todos los trujamanes llevamos dentro, ese lector que bate palmas y da saltos disimuladamente, mientras mantiene la compostura externa, cuando el editor le ofrece leer por primera vez una historia llena de nudos deslizantes, de afectos cruzados entre palabras e historias, y desanudarlos para que otros lectores vayan tirando de la cuerda del relato.

Celia va metiéndonos en harina, nos sacude como a un montón de boquerones agitados dentro de un tamiz. Para que leamos a Colin Barrett en español ha combatido contra «armas de confusión masiva» y ha salido victoriosa. Contactó con un dj aficionado de tierras irlandesas con tal de saltar barreras lingüísticas cubiertas de cristales rotos (serían de cascos de cerveza) en forma de modismos casi de barrio. De un barrio que Colin Barrett tenía en su imaginación. Un lugar donde sus habitantes imaginarios también «echan  mano del argot americano». Unos personajes que usan una variedad tan grande de sinónimos para decir «borracho» como el número de cervezas distintas que son capaces de tragar.

 

Las palabras de Celia como lectora-autora-traductora invitan cada vez más a viajar a Glanbeigh, a ese pueblo «que no conoces, pero seguro que te suena».

 

Esta parada del día en la costa de nuevas letras, va tocando a su fin. Celia pone punto y final a su declaración. La ausencia de Colin Barrett habrá de llenarla Kiko Amat, que ha decidido leer su prólogo de viva voz. Se entrega a la interpretación apasionada de cuanto ha escrito. Y yo miro a Celia. Celia escucha con los ojos, tal como sé que traduce. Esa capacidad de atención a las voces y al silencio, esa habilidad para ver en el otro lo que el otro ha querido decir en su lengua, esa generosidad para desaparecer y a la vez ser más uno que nunca con tal de trasladarlo al propio idioma, metido en la piel del autor, son los componentes, algunos, que la convierten en traductora por derecho. Amigos, no se me ocurre mejor presentador de un libro traducido que su traductor.

Ha sido este un viaje inolvidable que marca el inicio de una nueva aventura. Invito a todos a disfrutar de ella. Celebro y deseo que todos los capitanes editoriales cuenten con sus trujamanes para seducir a sus futuros lectores. No hay mejor arma de seducción que la descripción de la propia experiencia desde su mismo origen: el acto creativo en sí.

Por eso cierro esta particular bitácora con palabras de la propia trujamana: «Se dice que en los pueblos chicos el infierno es grande. Imagínense cómo serán los pubs de esos pueblos chicos si, además, son irlandeses.  En los cuentos de Colin Barrett, el pub es el local por excelencia donde pasa de todo y donde todo pasa: pasa la vida, pasa el amor, pasa la guerra, pasa la paternidad, pasa la amistad, pasa la juventud no siempre perdida, pasa la muerte en cortejo fúnebre. Los invito a que viajen a Glanbeigh y se apunten a esta visita guiada de Colin Barrett. La disfrutarán».

Gracias.

 

 

 

 

 

 

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