Uno, dos, tres, cuatro, cuarenta y dos

 

 

Hace ya unos días que estoy cumpliendo años. La verdad es que soy una experta, llevo haciéndolo toda mi vida. Por esa razón me sorprende que todavía sea algo que me descoloque. Que uno podría decir: «Tampoco hay para tanto. Se cumple uno más y ya». Pues no, señoras, para empezar, hay que seguir viva y, con los tiempos que corren, con guerras, hambrunas, Rajoyes y Trumps, pues tampoco es tan fácil. Además, soy autónoma y eso da mogollón de puntos negativos en estos Juegos del Hambre.

Sin embargo, este año ha sido ligeramente distinto. Esa sensación de llegada a una nueva edad, durante unos microsegundos, no fue de superación. De pronto sentí de verdad que había llegado a una conclusión y no a una meta. La llegada a la Meta es logro. La llegada a esa conclusión era Miedo. MIEDO. Así, con letras mayúsculas, colgado de una enorme pancarta: «MIEDO, patrocinado por Visa Electron, La Caixa de Pensions, Gas Natural, Endesa, Visa Oro, Repsol, Epígrafe 773 del Régimen de Autónomos y P.J.F., las iniciales de mi casero y rentista de nacimiento». Allí estaba yo, tras una larga carrera de cuarenta y dos años (no casualmente los mismos que los kilómetros de una maratón), exhausta, pero aterrorizada. De rodillas en el suelo y la vista levantada hacia la mentada pancarta. «¿Lo ves? —me dijo el Enano Cabrón, ese que me habla sólo cuando yo lo escucho—. Cuarenta y dos años y mírate…» Sinceramente, no pienso otorgar al Enano Cabrón ni una línea más. Me dijo cosas feas, muy feas. Y hablaba rápido, lo vomitó todo en unos dos minutos, aproximadamente. Hasta que lo hice callar con el simple acto de no escucharlo. Miento, lo escuché con tanta atención que, de pronto, empecé a entender lo ridículas que eran sus afirmaciones.

Por suerte, en mi vida hay unos enanos con mucho más criterio y mejor entendimiento que el mentado Enano Cabrón: mis hijos, por supuesto.

Estaba yo a punto de cumplir estos cuarenta y dos años que estoy cumpliendo ahora, y tuve que llevar a C. al pediatra. Allí estábamos los dos, cada uno haciendo tiempo a su manera. Yo tomaba notas para escribir y C… C. contaba.

—Uno, dos, tres, cuatro… Mamá, ¿sabes cuántas puertas hay?

—¿Mmmm…? —Así, distraída, sin levantar la vista del libro.

—Mamáaa, mamá, mira, ¿sabes cuántas puertas hay?

—No, mi amor, no lo sé —respondí con tono aflautado de impaciencia. Debía aprovechar hasta el último segundo en esa jornada laborar pausada por la visita al médico.

—Hay nueve puertas.

—¿Ah, sí?

—Sí, mami, las he contado. Hay nueve.

—Muy bien, mi amor.

Retomé la lectura para seguir trabajando, y entonces…

Entonces miré de verdad a C. Le brillaba la mirada: para él era un logro descubrir que había nueve puertas. Como tantas veces me ocurre, al mirar a mi hijo, lo vi todo claro. El secreto de mi crisis de los 42 residía en mi forma de contar. Lo que me llevó a arrodillarme en la meta con sensación de fin y no de superación fue que estaba contando LO QUE NO TENGO y olvidando así lo MUCHO QUE POSEO.

Tampoco pretendo aburrir a nadie con toda la lista de posesiones que he contado hasta ahora, pero si os mencionaré unas cuantas:

Me tengo a mí

Tengo libertad para tenerme como quiera

Tengo un cuerpo también libre y sano

La libertad para usarlo como desee y con quien desee, incluso a solas

La fortuna de haber encontrado a la persona distinta a mí con quien mejor compartirme y amarme

Tengo lo que soñé de niña para cuando fuera mujer: soy escritora de lo mío y de los otros. Como y doy de comer gracias a mi imaginación.

He traído dos hijos a esta vida. Tengo todo lo que aprendo de ellos y con ellos y la certeza de que no son míos y yo no soy suya, además de saber que somos todos lo mismo

Tengo a mi madre, que me parió y me enseña a viajar por la vida

Tengo a mi padre de corazón, que no me parió pero sí me alimenta con su bondad y su experiencia

Tengo a mis hermanos, con quienes comparto el material del que estamos hechos y así vamos construyendo vida, cada uno en su rincón del mundo.

Sigo contando y sigo cumpliendo. Cumpliendo conmigo y con todos vosotros (interprétese como se desee).

Un año más, feliz cumple, Verónica.

gracias de corazón, desde la raíz.

Foto: La gloria de los 42, o Mis pelos no están en la lengua.

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