Canto a vosotras

 

Mi sentido (y particularísimo) homenaje a las mujeres que me acompañan en el día a día del loco viaje maternal. Carta de amor a las madres.

 

Música: La rumba de las madres

ABRAZODEAMOR

Foto: Verónica Canales Medina

Basta con una mirada de apenas unos segundos para leer en otros ojos toda una mañana de carreras y prisas de casa al coche para llegar al cole. Ellas. Las que sonríen. Las que escogen prendas de colores o han dejado que les llueva cualquier ropa encima dependiendo de cuál sea la previsión de acontecimientos del día. A las que les robo dos besos siempre que puedo para poder sentir su piel y su perfume con el que saludan el día. Ellas. Las que sostienen todo el peso de lo que no se comprende en la firmeza de una expresión seria, pero no por ello inconexa con mi mirada. Las que reciben mis llamadas telefónicas y de pronto están a mi lado, acariciándome el cansancio y transformándolo en compañerismo.

Vosotras. Vuestros labios sonrientes, vuestras bocas congeladas en la tristeza de un momento que para vosotras es eterno. Vuestro pelo recogido al vuelo o tal vez un corte recién estrenado. Incluso vuestros cabellos blancos, tímidas canas grises, al principio, que asoman escupiendo a la cara a los tintes que nos quieren embaucar para que despreciemos el paso del tiempo. Pero, sobre todo, vuestro abrazo. Esa reunión fugaz en nuestro cruce de caminos.

Soy madre y también vosotras. Encuentro la misma sorpresa ante el regalo de la maternidad reflejada en vuestros ojos. No importa que haya pasado ya casi una década. Madres que parieron con el cuerpo, madres que parieron con el corazón porque el amor les llegó desde otro extremo del planeta, madres que parieron junto a su compañera y también madre, madres que recibieron solas su nueva condición y así siguen, madres que no han tenido hijos, madres que son abuelas y doblemente madres… Tantas y tan distintas y con algo siempre en común: el aprendizaje diario de un misterio que parece no tener fin.

Mujeres que sois tesoros increíbles a las que empiezo a conocer. Porque somos madres y esa no es más que una parte diminuta dentro de nuestro infinito universo de posibilidades. Aunque a veces la maternidad conquiste los confines más ignotos de nuestro mapa íntimo, hay rincones que son nuestros, solo nuestros, que siguen sin explorar o a los que viajamos en secreto. Veo la mirada inconfundible de las viajeras en el fondo de vuestras sonrisas. No importa que jamás hayáis viajado lejos, cada movimiento es una jornada de viaje. Nosotras lo sabemos y a veces solo lo anhelamos. Otras, sencillamente, nos alejamos. Sin equipaje. Sin niños. Sin horarios. Sin prisas. Aunque sea en sueños.

A todas vosotras, a todas nosotras: gracias por enseñarme a pasar por lo cotidiano con la intensidad de un periplo irrepetible. Gracias por ser la colección de mapas que consulto, aunque no lo sepáis, cuando os miro y busco en vosotras ese lugar común que me descargará de culpabilidades innecesarias relativas a la maternidad. Gracias por dedicaros con tanta generosidad a motivar, organizar y llevar a la realidad tantas ideas que luego acaban en nuestras manos en forma de cuadernos, fotos, canciones, regalos: tesoros. Todas sois, todas, viajeras incansables y maravillosas compañeras en esta vuelta al mundo en 175 días, que reemprendemos cada curso, cada año que pasa.

Bailemos siempre al son de las músicas más tribales, de las percusiones más orgánicas, de los musicales de Broadway más alternativos o del petardeo poligonero más rancio, si no hay otra música que nos acompañe en la celebración de nuestra cercanía. Pero bailemos juntas con toda la pasión que ponemos en la crianza de los futuros adultos, con el amor que recibimos y que damos y, ante todo, regalándonos, tras tan arduo viaje, el estallido de alegría que merecemos cada una de nosotras.

Y ya solo para ti.

A la que escogí como primera sin conocerla. La que hizo que me crecieran las alas. La que me enseñó y me enseña a valorar la comunión con otras madres, tengan o no hijos. A ti te envío este canto, pero como primera estrofa de una canción mucho más larga y personalizada que estoy componiendo a diario solo para ti y para todas las mujeres que habitan en tu interior. Te quiero, mamá.

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La fuerza

teresa foto

Foto: museu de la joguina, Mallorca. Foto: Juguetes que fueron. Verónica Canales Medina.

 

Hoy me he acordado de Elisa, y no es la primera vez. Ella tenía dos años menos que yo, nueve, y siempre que la veía, llevaba en brazos a Pili, su hermana de cuatro años, y sujeto de la mano a David, de seis. Elisa era muy delgada y tenía los ojos enormes, de color verde pozo mohoso. El pelo rizado y castaño siempre lleno de nudos y los brazos cubiertos de arañazos y mordiscos. A mí me dijo que se los hacía su gato. Pero David me contó un día que ellos no tenían gato. Pili, la más pequeña, era muy rubia y siempre llevaba la cara sucia, con una fina capa de mocos secos que iba desde la nariz hasta la barbilla. David sonreía continuamente y se movía muy deprisa, todo el tiempo. Recuerdo a Elisa diciéndole: «David, estáte quieto ya o te pego una hostia».

A mí esas cosas me impresionaban. Elisa tenías dos años menos que yo y decía «hostia» con una potencia que yo desconocía en las niñas pequeñas. Era una fuerza muy intensa, muy distinta al odio teñido de miedo que escuché un día en la voz de otro niño menor que yo: «Eres un hijo de puta», le dijo a otro en el patio del colegio. El insultado respondió: «Con mi madre no te metas o te mato», pero no lo creí capaz.

Ese fue el día que pregunté en casa qué era «puta». Dos días después, Elisa me dijo qué era. Era su madre. «Eso hace. Por eso me da igual si me llaman “hija de puta”. Y me río en su cara porque no es un insulto. Mi madre es puta». Desde ese día, Elisa me pareció la niña más fuerte del planeta. Su voz decía la verdad.

Muchas veces pienso en Elisa. Imagino qué habrá hecho con toda esa fuerza que tenía. ¿Habrá seguido cuidando de sus hermanos? ¿Hasta cuándo? ¿Habrá cambiado su color de ojos de verde ciénaga a verde oliva? ¿Habrá utilizado ese poder que tenía para salir volando hacia un lugar propio? Elisa, deseo que hayas conseguido lo que deseabas. Hoy, no sé por qué, te he pensado una vez más y me ha llegado todo tu poderío con estas palabras. Estés donde estés, gracias, Elisa.*

 

*Los nombres de esta historia son ficticios.