Sant Jordi confinado o llueve sobre mojado

Sant Jordi, 2020.

—Jo, qué bajón, Sant Jordi confinado. Me cuesta levantarme —le digo a mi mente todavía en la cama.

—No, te quejes, estás viva y sana. Arriba ese ánimo —responde ella con ese positivismo tan suyo que a veces me saca de quicio.

—Ya, pero es que Sant Jordi es mi fiesta, MI FIESTA.

—Sant Jordi es la fiesta del libro.

—Por eso, porque es el día en que a todo el mundo parece importarle muchísimo lo que hacemos los que nos dedicamos a esto de los libros.

—Sabes que es postureo. Muchos los compran y ni los leen.

—Bueno, sí, lo que tú digas. Pero al menos compran libros y los regalan para hacer felices a otras personas.

—Qué ingenua eres, copón.

—Y tú, qué aguafiestas. Sant Jordi es, además, el chupinazo para los fastos de mi cumple. Ya lo sabes. Tres días antes y celebrándolo sin parar hasta la gran fiesta. Todo empezaba hoy con un larguísimo paseo por Barcelona. Nos pasábamos al menos media hora en cada puesto, preguntando sin parar a los editores, libreros y escritores.

—Eso también lo puedes hacer ahora. Habla sobre editores, libreros y escritores en redes sociales.

—No es lo mismo, y lo sabes.

—¿Por?

—Anda deja que siga recordando. Quedar el día de Sant Jordi era complicado, pero despiporrante. Nos citábamos con un montón de gente a una hora concreta en una esquina concreta, en un puesto concreto, y siempre nos perdíamos para luego reencontrarnos. Luego parábamos para tomar el vermú y unas tapas. Todos hablábamos de libros, de librerías, chismorreábamos sobre los autores a los que habíamos visto e incluso saludado. Un año vi a Mario Vaquerizo firmando para una cola interminable de «lectores» junto a… a… Ni siquiera me acuerdo, pero era una autora «de verdad» y estaba más sola que la una. Qué pena y qué risa también, lo confieso.

»Y seguíamos nuestro paseo, hojeando, hablando, leyendo, fotografiando…

—¿Y te gustaba siempre?

—Siempre, siempre, siempre.

—¿No era que detestabas las aglomeraciones?

—Ese día, mágicamente, llevaba una capa invisible antiagobios.

—¿Y no será que lo estás idealizando?

—No… bueno… No… Sí, un pelín.

—¿Y el año que estuviste firmando tu traducción de Shanti y el mandala mágico?

Detecto que mi mente quiere alegrarme a base de lisonjas.

—¡Oohhh, sí, con Fernando Teixeira! Ese año fue maravilloso. Me sentí tan bien, tan arropada por mi autor… ¡Una traductora firmando en Sant Jordi! Inaudito, que lo sepas. Qué grande, Fernando. Lo añoro…

—Lo sé, lo sé. Recuerda que soy tu mente. Ese año te pusiste las botas celebrándolo.

—Jo, sí, primero con Fernando y luego con Carmen y Mireia. Menuda turca nos pillamos… Ah, eso me lleva a otro momento involvidable de todos los Sant Jordis. Nuestro acto de visibilización de ACE Traductores. En los Jardines de Rubió i Lluch, en la calle Hospital. En ese maravilloso patio, con todos nuestros colegas jóvenes, escuchándolos leer traducciones ante el asombro de los turistas, bajo la batuta de Juan Gabriel López Guix.

—Bueno sí, sí, pero… ¿Y cuando serviais un piscolabis?

—Jo, sí, ¿te acuerdas? De pronto, en cuanto salía el cava y las patatas fritas, emergían un montón de admiradores espontáneos de la traducción literaria. Qué día tan grande, qué día…

—Insisto, creo que lo idealizas. La gente prefiere cava y patatilla gratis a interesarse por los traductores o los autores. Les importáis muy poco. Ya sabes que los libros no venden, que la cultura vale cada vez menos y que todo lo que no sea audiovisual está a punto de desaparecer.

—Anda, calla un poco. ¿Sabes qué? Que no pienso creerme todo lo que dices.

—Tú misma, guapa. Yo sigo aquí.

—Y yo sigo evocando mis Sant Jordis favoritos…

—Yo sé cuál es el que te gusta más.

—Son muchos. ¿El primero? ¿Cuándo me presenté a ese concurso de relato infantil y lo gané?

—No, no, ese no. El Sant Jordi que pasaste sin visitar un solo puesto de libros es tu favorito. No viste ni un solo libro. Ni-uno.

—¡Calla!

—Ja, ja, ¡te pilllé!

—Lo confieso. Quedamos Luis y yo por la mañana con Joan Bentallé y Carlos Be, pensando que tomaríamos un café con tarta…

—Sí, ¡tarta! —exclama mi mente golosa.

—… y que luego empezaríamos el paseo entre libros y…

—Y el café se convirtió en una cerveza y esa primera en una segunda y esa segunda…

—Jajajajajaja. Sí, ¡menuda taja! —reconozco yo—. Cada treinta minutos (de las primeras dos horas) repetíamos: «Tendríamos que ir a ver libros». Hasta que dejamos de decirlo y nos entregamos a las calles sin puestos libreros, pero con muchos bares.

—Ese día yo, tu mente, me lo pasé pipa. Hablamos mucho, mucho, de libros, de teatro, de política, de amigos, de chismorreos tontos, de cotilleos, de sexo… Hasta que ya no podíamos hablar. ¿Recuerdas que, yendo ya muy pedo, robamos unas mantas en un bar de hipsters?

—No. No recuerdo nada. Na-da.

—Vale. Lo que tú digas. Una palabra para ti: karma.

—Ese día ha sido de los mejores de mi vida. Es un tesoro. Gracias por protegerlo, mente. A veces eres maja y todo.

—Es lo que tengo, soy tu personalidad de mente. «Tu personalidad de-mente», ¿lo pillas?, ¿lo pillas?

—Qué graciosa. Bueno, pues nada. Habrá que levantarse.

—¿Escribirás algo sobre Sant Jordi en las redes? ¿Sobre tu afición a beber justo ese día? ¿No será para olvidar la situación del libro?

—Buf, no sé. Debería, ¿no?

—Yo qué sé. A mí déjame en paz. Suficiente curro tengo ya con pensar cómo vamos a llegar a fin de mes. Con este oficio tuyo, está chungo.

—Anda, no seas tan llorica. Vamos a levantarnos. Al fin y al cabo, hoy es Sant Jordi, ¿no?

—Sí, eso parece. Anda, mira, ¡está lloviendo!

—Pues mejor me lo pones. Con esta lluvia, da menos pereza quedarse sin paseo por Barcelona. Los puestos no estarían tan llenos, los libros podrían empaparse…

—Sant Jordi sería papel mojado.

—Qué ocurrente eres.

—Una ocurrencia de mente. ¿Lo pillas?, ¿lo pillas?

—Qué graciosa. Bueno, pues nada. Habrá que levantarse.

Al final, mi mente y yo nos levantamos. Al salir de la habitación, me encuentro una rosa sobre la mesa del comedor. Ya son ocho años. Ocho rosas y ocho libros. Hay alguien a quien sí le importa mi trabajo de letraherida. Y eso me toca el corazón. Se ponga mi mente como se ponga, hoy es Sant Jordi, y es mi día.

Gracias, feliz día del Libro, amigos.